Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, un hada que vivía en los bosques cercanos a un condado del norte de Europa, y no muy lejos de una laguna.
El hada era un alma solitaria. Nunca iba con las demás hadas, siempre iba sola de un sitio a otro.
Le gustaba mucho estar en una pequeña zona árida en el centro del bosque. Era su santuario, o al menos eso decía ella.
Tenía el aspecto de una muchacha de 18 o 19 años, no más. Una cara dulce y muy blanquita, con las mejillas sonrosadas. Llevaba unas ropas blancas hasta el suelo y sus alas, eran muy blancas y muy largas.
El hada se llamaba Rosalin. No solía salir mucho del bosque, no por nada en especial, sino, porque cuando un hada, un elfo, un gnomo o incluso un trasgo sale de los bosques, quedan a merced de lo que puedan hacerles los humanos. Por eso era bastante precavida.
Además Rosalin, nunca había visto a un humano, no sabía como eran. No tenía ni idea. Ella se los imaginaba igual de feos y repugnantes que el troll que vivía al fondo del bosque, dentro de la caverna oscura.
Algunas hadas se reían de ella por no haber visto nunca a un humano y le contaban lo gracioso que era ir a casa de alguno por las noches, y cambiarle las cosas de sitio y tirarle de los bigotes mientras duerme.
Aunque a Rosalin, no le importaban en demasía los humanos, sencillamente eran algo por lo que nunca se había interesado lo mas mínimo.
Pero un día, mientras Rosalin estaba sentada en su santuario, vio a lo lejos, adentrándose en el bosque, algo que la sorprendió.
Ella no sabía lo que era. Era un ser un poco más alto que ella, con unos ropajes muy extraños.
Rosalin, se escondió entre unos arbustos, al ver que el extraño ser se acercaba al lugar donde ella estaba.
Mientras estaba agazapada entre los matorrales, otra hada le dijo algo.
- Mira, eso es un humano. Le dijo el hada a Rosalin.
- Nunca me los hubiera imaginado así. Le contestó Rosalin.
Ambas se preguntaban que podía hacer un humano en los bosques, puesto que según decían, eran muy temerosos de adentrarse en ellos.
Cuando el humano llegó al santuario de Rosalin hizo un gesto con la mano a alguien.
Al poco llegó a su lado un ser como él, pero con largos cabellos y ropajes mas parecidos a los de Rosalin.
- ¿Y eso que es?. Le preguntó Rosalin a la otra hada.
– Eso es una humana. Al contrario que nosotras, los humanos pueden ser machos o hembras. Contestó el hada.
Los humanos empezaron a besarse y se tumbaron sobre el santuario de Rosalin.
Rosalin, sin saber que estaban haciendo, quedó allí, agazapada entre los matorrales, mirando el acto que llevaban a cabo los humanos.
En el reino de las hadas, las edades se miden de otra manera, diferente a como se hace en el reino de los humanos. Con lo cual, Rosalin, no supo predecir la edad que podían tener los humanos a los que estaba mirando.
Tenían un aspecto, muy parecido al de ella, quizá un poco mayores, pero no demasiado.
Los humanos estuvieron ahí un rato, luego se pusieron de nuevo sus vestimentas y comenzaron su marcha, de vuelta por donde habían venido.
El sol ya estaba cayendo. El humano le dijo a la humana:
· Debemos salir pronto del bosque.
· ¿Por qué?. Le preguntó ella.
· Ya de día, el bosque es un sitio peligroso, pero una vez que cae el sol, los duendes, elfos y demás habitantes de los bosques salen de sus escondites.
· No creo en ninguno de esos seres. Dijo la humana. Nunca he visto ninguno.
· Pero existen. Sé que existen. Bueno, mi padre dice que una vez vio un hada.
· Yo no creo en las hadas. Le contestó ella.
Cuando algún humano dice que no cree en las hadas, alguna cae muerta en algún sitio y se convierte en árbol.
Poco a poco la pareja humana fue saliendo del bosque.
Rosalin, volvió de nuevo a su santuario. Tenía la necesidad de estar donde había estado el humano. Llegó a la conclusión de que la humana no le había gustado, porque no creía en hadas, ni elfos, ni en trasgos.
Pero, en cambio el humano, si le había gustado. Le había gustado mucho. Era una sensación que ella nunca antes había tenido. No sabía que era. Solo sabía que necesitaba tocar la tierra, el suelo, que habían tocado los pies del humano.
Se acurrucó allí. Se dio cuenta de que la humana se había olvidado una parte de su vestido. Un lazo. Pero Rosalin no lo tocó. Prácticamente ni lo miró.
Pasó allí, acurrucada, toda la noche. Sin moverse. No quería moverse de allí.
Al amanecer, Rosalin escuchó unas pisadas. Vio que era el humano de ayer. Venía corriendo.
Rosalin se volvió a ocultar. El humano, llegó al sitio y cogió el lazo.
Cuando estaba a punto de irse, escuchó un ruido entre los arbustos.
Pensó que sería una liebre o un conejo.
Rosalin se acurrucó, para evitar que el humano la viera, pero fue inevitable.
El humano la vio entre los matorrales.
Se quedo quieto, mirándola desde una cierta distancia.
Rosalin, se incorporó poco a poco.
El humano dijo:
- ¿Eres un hada verdad?.
Rosalin afirmó con la cabeza y el humano se empezó a acercar a ella.
- ¿Si me acerco a ti me harás daño?. Le preguntó a Rosalin.
Ella negó con la cabeza. Entonces el humano, empezó a acercarse más y más.
Rosalin, no sabía si moverse o quedarse. Se quedó quieta.
El humano alargó su brazo y extendió su mano. Rosalin hizo lo mismo. Las manos de ambos se tocaron.
Los dos se quedaron allí mirándose el uno al otro.
Rosalin, impulsada por algo que desconocía totalmente, acercó su boca a la del humano. Lo besó.
Después del beso, el humano, continuó mirándola. Ambos quedaron mirándose el uno al otro.
Se escuchó un ruido, la humana, la amiga del humano, apareció en el santuario.
Rosalin, rápidamente, desapareció. Echó a volar y se escondió detrás de unos árboles.
- ¿Cómo has tardado tanto?. Preguntó la humana al humano.
- ¿Si te lo digo, me creerás?. Le dijo él.
La humana asintió.
- He visto un hada. Dijo el humano.
- ¿Dónde?. Le preguntó ella.
- Aquí mismo. Ahora mismo. Estaba aquí hace un momento. Contestó él.
- ¿Y qué te ha dicho?. Le preguntó la humana.
- Nada. No me ha dicho nada. Me ha besado.
La humana empezó a reír. Cogió al muchacho de la mano y comenzaron a andar.
El humano, miró un momento para atrás y vio a Rosalin, detrás de unos arboles mirándolo.
Al día siguiente. Rosalin, fue al santuario, como siempre hacía. Al poco de estar allí, vio al humano que entraba otra vez en el bosque y se acercaba a ella.
- No, no te vayas. Quiero acercarme a tu lado. Le dijo el humano.
El humano se acercó a Rosalin. Le dijo que su amiga no se creía que había visto un hada.
- Lo entiendo. Dijo Rosalin.
Rosalin volvió a besar al humano. Otra vez sin saber por qué. Tan solo impulsada por una fuerza mayor.
- Mi amiga dice que no cree en las hadas. Dijo el humano.
Por el fondo del bosque, apareció la humana. Iba buscándolo a él.
Rosalin que la vio, se volvió a esconder.
- Me han dicho que habías venido de nuevo al bosque. Dijo la humana.
- Sí. Contestó él.
- ¿Y que hacías?. Preguntó ella.
- Estaba hablando con el hada de ayer.
- Para ya con esa tontería del hada. Le dijo ella.
- No es tontería. Mira.
El humano, se acercó a donde estaba Rosalin escondida.
La cogió de la mano y la sacó en medio del santuario, para que la humana la viera.
- ¿Ves?. Te dije que las hadas sí existían. Y que creía en ellas. Le dijo el humano.
La humana se quedó un poco perpleja. Miró al chico entre la desesperación y la felicidad.
Luego, mirando a Rosalin, exclamó el grito más fuerte que jamás se ha oído: ¡No creo en las hadas!.
En ese preciso instante, a Rosalin empezó a cambiarle la cara. Se le apagó su luz. Cayó al suelo. Y el cadáver de Rosalin, empezó a convertirse en un árbol, que empezó a crecer muy rápidamente. Se convirtió en un árbol muy grande y frondoso situado en medio del santuario.
Ahora, Rosalin, estaría por siempre en su santuario.
Todavía existe ese árbol. Puedes encontrarlo, en medio de una pequeña zona árida en el centro de un bosque, situado cerca de un condado del norte de Europa, y no muy lejos de una laguna. Pues ese es el árbol de las mil historias y a la vez ninguna.
Carlos M. Martínez


Abril 8, 2008 a las 5:16 pm
mh`ancantao